Contemplar la cruz no como final, sino como puerta abierta a la vida nueva.

Luis Miguel Rojo Septién, delegado episcopal de Cáritas Española

Es hora de la luz

Cada año, al llegar el final de la Cuaresma y abrirse ante nosotros el horizonte luminoso de la Pascua, la Iglesia nos invita a pasar del desierto a la vida. Hemos caminado cuarenta días contemplando nuestras sombras, nuestras heridas y limitaciones, pero también de luz, alegría y fortaleza, porque ese recorrido no termina en la tristeza, sino en la esperanza. La Semana Santa es el corazón de este viaje: el paso de la muerte a la vida. En ella se revela que el amor de Dios no se detiene ante la tumba, sino que la atraviesa para ofrecernos una existencia nueva.

La vida de Cristo, su pasión, muerte y resurrección, nos muestran que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Él entrega su vida para que nosotros aprendamos a entregarla también: no desde la muerte, sino desde un amor que transforma y fecunda. La resurrección no es solo un acontecimiento del pasado, sino una corriente de vida que sigue venciendo en medio de las oscuridades del mundo.

Reconocer nuestras realidades de muerte

El primer paso hacia la Pascua interior, de quien ha cenado tantas veces con el Maestro, es reconocer nuestros lugares de muerte: esos espacios donde la esperanza se apaga, donde el egoísmo, el miedo o la indiferencia nos paralizan. La Escritura nos recuerda que «la paga del pecado es la muerte» (Rm 6,23). No se trata solo de la muerte física, sino de toda forma de ruptura: cuando cerramos los ojos ante el dolor ajeno, cuando dejamos de creer en la posibilidad del perdón, cuando el cansancio o la falta de fe nos hacen vivir a medias.

En nuestras comunidades y en la sociedad también existen realidades de muerte: pobreza, exclusión, violencia, soledades e injusticias que parecen imposibles de cambiar. Estamos inmersos en un sistema que falla, como ha puesto de manifiesto el IX Informe FOESSA. Como Cáritas, miramos esos rostros con los ojos de Cristo crucificado, que no huye del sufrimiento, sino que lo abraza para transformarlo. Reconocer la muerte no es rendirse; es el primer paso para abrirnos al Dios que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

Dejarse transformar por Dios

La conversión, que hemos vivido en este tiempo, es una obra de gracia y colaboración. Dios no nos impone la vida nueva: la ofrece, la siembra, pero espera nuestro sí. La Cuaresma nos enseña a quitar lo que estorba, a poner nombre a nuestras sombras para aprender a amar la luz. Solo cuando el corazón se vacía de ruidos puede llenarse de la voz del Espíritu. Como el profeta Ezequiel, escuchamos la promesa: «os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo» (Ez 36,26).

Dejarse transformar significa confiar en que la vida de Dios puede brotar donde solo vemos tierra seca. Pensemos en las muchas historias que acompañamos desde Cáritas: familias que pierden su hogar y lo encuentran en la solidaridad de otros; personas migrantes que reconstruyen su dignidad desde la hospitalidad; comunidades que, en medio de la pobreza, crean lazos de fraternidad que salvan. En cada gesto de entrega y misericordia, la vida de Cristo resucitado actúa silenciosamente.

Acoger la vida que renueva

La Pascua nos invita a vivir con los ojos abiertos a las señales de resurrección. En los Evangelios, las mujeres son las primeras testigos del sepulcro vacío: ellas esperan, buscan, se atreven a mirar donde otros solo ven fracaso. Así también nosotros estamos llamados a descubrir la vida donde parece no haberla. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5), nos pregunta el ángel. Y esa pregunta resuena hoy en nuestros barrios, en las familias, en la Iglesia.

Acoger la vida supone reconocer que no somos dueños de ella, sino custodios. La vida que Dios nos ofrece no se guarda, se comparte. Es don que crece cuando se entrega. Al recibir el Espíritu del Resucitado, somos enviados a comunicar la Buena Noticia (Mt 28,10), a llevar consuelo a quien sufre, esperanza a quien está solo y justicia a quien ha sido descartado. La vida que viene de Dios no se detiene: empuja, renueva, compromete.

Procesos donde la vida vence

La vida que supera la muerte no se improvisa: es fruto de procesos personales, comunitarios y sociales en los que el amor se vuelve compromiso.

En lo personal, la resurrección se hace concreta cuando perdonamos, cuando volvemos a levantarnos, cuando decidimos creer que la bondad tiene la última palabra.
En lo comunitario, se manifiesta cuando creamos vínculos de fraternidad en nuestras parroquias, en los equipos de Cáritas, en las asociaciones que trabajan por la dignidad.
En lo social, se expresa en el esfuerzo por cuidar la creación, por construir justicia, por dar voz a los que no la tienen.

Cada paso hacia la vida —por pequeño que parezca— tiene un valor infinito. Jesús mismo comparó el Reino con una semilla: «es la más pequeña de las semillas; cuando crece […] se hace un árbol» (Mt 13,31-32). Así actúa Dios, silenciosamente, pero con una fuerza invencible.

La vida vence

Al concluir esta Cuaresma, contemplemos la cruz no como final, sino como puerta. En ella, Cristo nos muestra que el amor verdadero no muere, sino que se transforma en fuente de vida. La Pascua es la certeza de que toda oscuridad puede ser vencida, que ninguna herida es definitiva, que la compasión sigue teniendo poder sobre el odio. Desde Cáritas somos testigos de esta verdad cada día.

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Esa promesa no pertenece solo al futuro; es tarea presente. «No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida, que nos lanza hacia adelante!» (EG 3). Que esta Pascua nos anime a ser sembradores de vida allí donde el mundo se acostumbra a la muerte. Que cada uno de nosotros, transformado por el amor de Dios, pueda convertirse en testimonio vivo de que la vida vence.