Casi un año y medio después de la DANA, nos acercamos a un precioso testimonio de vida, fe y solidaridad.

Gema Martín Borrego. Cáritas Española

Familia de Encarna y Sergio

Para Encarna y Sergio, el 29 de octubre de 2024 no es solo una fecha marcada por la tragedia que causó la DANA en España, es un recuerdo muy personal y aún muy vívido. “Esa fecha es un punto de inflexión para nosotros”, dice Encarna.

Antes de la DANA, que acabó con la vida de casi 240 personas, este matrimonio vivía con sus cinco hijos en una alquería de la huerta valenciana, situada junto al barranco del Poyo, entre Paiporta y Torrent. “Teníamos una vida muy confortable, cómoda y tranquila” cuenta Sergio.

La tarde del 29 de octubre el río se desbordó con una fuerza que jamás habían visto. En unos minutos su casa se vio rodeada por el agua. Encarna, que estaba allí con sus cinco hijos, y Marina, la persona que les ayuda en su cuidado, pusieron mantas en las puertas. Pero enseguida se dieron cuenta de que era imposible contener el agua; en unos minutos les llegaba a las rodillas y corrieron al piso de arriba. “No sabía cuánto iba a subir el agua ni si los muros aguantarían”, cuenta Encarna. “El ruido era ensordecedor, por todo lo que arrastraba la ola y chocaba contra la casa”.

Con cinco niños pequeños, de entre seis años y nueve meses, Encarna y Marina decidieron subir al tejado. “Abrigué a los niños y cogí lo poco que tenía en el piso de arriba: pañales, toallitas y un biberón”. Desde el tejado cruzaron a casa de una vecina y se encomendaron a Dios. “Delante de mis hijos intenté guardar el tipo. Empecé a leerles cuentos y a crear un clima como el de la película La vida es bella”, recuerda Encarna.

Sergio no estaba allí. Había salido a acompañar a su cuñado para buscar a su mujer, que estaba sola y embarazada en casa, antes de que llegara la riada. “No podía imaginar que algo así pudiera pasar”, dice. Pero una gran ola los arrastró junto con su coche. Sergio logró subirse al capó y despedirse de su mujer. Desde allí escuchó gritos. “Había mucha gente pidiendo auxilio”. Sergio salvó a varias personas, incluido su cuñado. Cuando le hablan de heroísmo, él lo rechaza. “Ni lo pensé; era lo que tenía que hacer”, responde.

Lograron ponerse a salvo y refugiarse en un parque de bomberos. Al día siguiente, en medio de la destrucción, Sergio se reencontró con su mujer y sus hijos, a quienes había rescatado la UME y que se encontraban sanos y salvos en una gasolinera.

Señales del cielo

“Que yo esté vivo no tiene una explicación terrenal”, afirma Sergio.

En su relato aparecen señales que interpretan como providencia. Una de ellas es el cambio de hora, que se produjo unos días antes. “Si no se llega a haber cambiado la hora, a mis hijos les pilla la riada en la huerta donde iban todas las tardes. Aquel día, el 29, volvieron antes a casa porque anochecía pronto. Eso no fue casualidad”.

También recuerdan a su vecino agricultor, propietario del terreno donde los niños solían jugar, que salió con su mujer para ver cómo estaban los niños. No pudo. La riada los sorprendió y pasaron la noche agarrados a un árbol. “Nunca podré agradecerle lo suficiente ese gesto, que casi les cuesta la vida. Dios los salvó”, nos dice Sergio.

Dos días después, Encarna se enteró de que estaba embarazada. “En mitad de la muerte y del dolor, llega la vida —dice emocionada—. Me lo tomé con una alegría tremenda; más que los otros embarazos, a pesar de estar sin casa y de haberlo perdido todo”.

Lo importante son las personas

Lo que vino después fue largo y desgastante. Meses de trámites, seguros, burocracia… “Llegó un momento en que ya no quería mirar el teléfono ni hablar más del tema”, explica. La alquería era irrecuperable. El trabajo de Sergio también se vio afectado, porque tenía la oficina en casa: una agencia de turismo católico.

Durante más de un año vivieron de casa en casa. “La primera persona que nos dejó su piso era una absoluta desconocida, con una generosidad increíble —cuenta Encarna—. Me puso las llaves en la mano y se fue a vivir con su madre”. Después llegó otra vivienda, también prestada por personas a las que no conocían. “Todo ha sido regalo tras regalo —dice—; regalos del cielo”.

Finalmente la empresa no cerró, una fundación les donó todo el equipo, los muebles y los ordenadores, y una agencia de viajes les ofreció trabajar con ellos para crear, juntos, un departamento de turismo católico.

Hoy viven en Montserrat, en una casa de su propiedad. “Todas nuestras preocupaciones se han ido subsanando de una forma tan grande que no puede ser mérito nuestro; el mérito es de toda la gente que nos ha ayudado y de la Virgen”, afirma Encarna. El día que salió del hospital tras dar a luz a su sexto hijo, estrenaron la casa. “La primera noche con el bebé la pasamos allí”.

En este camino, Cáritas ha sido también muy importante para ellos. “Queremos expresar nuestro absoluto agradecimiento a Cáritas”, dice Sergio. También a la parroquia de Nuestra Señora de Gracia, en el barrio de la Torre, de Valencia, y a la de San Ramón Nonato, en Paiporta. “No nos hemos sentido un trámite más, sino atendidos, acompañados y sostenidos”, añade.

“Hemos aprendido que la vida da muchas vueltas y que lo importante son las personas”, dice Encarna, que asegura que su fe no solo resistió, sino que se fortaleció. Sergio coincide con ella: “En la oscuridad es cuando mejor se ve la luz”.