Construir la paz desde el Caribe colombiano
Cáritas apoya a organizaciones sociales que defienden los derechos de jóvenes y mujeres vulnerables
Adela Zamora. Cáritas Española

Colombia vivió en 2016 un hecho histórico con la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y la guerrilla, que ponía fin a casi 60 años de conflicto. Una década después, la paz sigue siendo una quimera en la vida cotidiana de las comunidades más vulnerables. Y, en departamentos como Magdalena y La Guajira, en el Caribe colombiano, la violencia no terminó con el Acuerdo de Paz, sino que se ha fragmentado, ha adoptado nuevas formas y ha seguido afectando de manera persistente a quienes históricamente han vivido en los márgenes.
El círculo de la violencia
Así lo ha denunciado el padre Nelson Ortiz, director del Secretariado Nacional de Pastoral Social–Cáritas Colombiana, durante su visita a España:

«El acuerdo ha sido muy beneficioso para Colombia, pero no ha traído la paz completa. En algunas diócesis, como Santa Marta y Riohacha —dentro de los departamentos antes mencionados—, la violencia ha mutado y ahora hay una serie de grupos armados llamados “disidencias” que se han sumado a las guerrillas, paramilitares y demás colectivos que siguen azotando nuestro país».
Nelson Ortiz | Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social– Cáritas Colombiana
Estos grupos, vinculados al narcotráfico y otras actividades ilícitas, luchan por el control del territorio, lo que se traduce en violencia, amenazas a líderes comunitarios, miedo cotidiano y desplazamientos forzados de aldeas enteras.
Cáritas y la construcción de paz
En este escenario, Cáritas Colombia ha optado por una estrategia de construcción de paz y reconciliación desde lo local, centrada en la participación ciudadana y el fortalecimiento de organizaciones de la sociedad civil surgidas en contextos de exclusión. Se trata de acompañar a las comunidades para que puedan organizarse, participar y reclamar sus derechos, que siguen siendo vulnerados.
«La paz no es solo la ausencia de guerra», subraya el padre Nelson. La paz implica justicia social, dignidad humana y garantía de derechos. Es un proceso que se construye desde abajo, reforzando el tejido social, la participación ciudadana y las organizaciones de base como actores legítimos de la vida democrática.

Cáritas Española y las Cáritas Diocesanas de nuestro país acompañan a Cáritas Colombia en este proceso desde la década de los ochenta; un acompañamiento que se ha intensificado en los últimos años.
Un ejemplo es el proyecto que se desarrolla en las diócesis de Riohacha y Santa Marta con el apoyo de la Generalitat Valenciana, a través de Cáritas Alicante, y la colaboración de Cáritas Valencia y Cáritas Segorbe-Castellón. Se trata de una iniciativa que busca fortalecer diez organizaciones sociales que defienden los derechos de colectivos vulnerables, como los jóvenes en exclusión y las mujeres campesinas, afrocolombianas e indígenas.
Trabajo con los jóvenes
Esta región del Caribe colombiano vive una violencia atravesada por múltiples factores, como «la delincuencia, la falta de oportunidades laborales y de educación, la corrupción y la unión entre cargos políticos y el narcotráfico», según cuenta Dayana Ibarra, líder de Arte Somos, una de las asociaciones juveniles apoyadas por Cáritas.

«En Riohacha hay delincuencia común, guerrillas urbanas y paramilitares, y todos estos grupos intentan atraer a jóvenes y adolescentes pobres que ven esa forma de vida como la única manera de lograr estabilidad económica para ellos y para sus familias», explica Dayana.
La Fundación Arte Somos intenta ofrecer otras alternativas a los jóvenes —que son el 65 % de la población de esta diócesis— desde el arte y la cultura. «A través de la danza brindamos a adolescentes, niños y jóvenes un espacio seguro para expresar sus emociones, fortalecer su identidad cultural y desarrollar habilidades de convivencia y respeto por la diversidad», añade Dayanara.
Precisamente el respeto a la diversidad y la tolerancia son aspectos clave en el trabajo de las asociaciones que apoya Cáritas porque, en este territorio pluriétnico y multicultural, la discriminación agrava aún más la exclusión. «Hay mucho racismo en nuestra diócesis», señala Dayanara, en referencia a la estigmatización que sufren las personas afrodescendientes y los pueblos indígenas. A ello se suma la situación de la población migrante venezolana que vive en la región en condiciones de alta precariedad y con acceso limitado a derechos básicos.
Con todos estos colectivos vulnerables trabajan las diez organizaciones participantes en el proyecto de Cáritas —seis de mujeres y cuatro de jóvenes—, que agrupan a 3.000 personas y que han beneficiado a más de 10.000 residentes en cinco municipios de las diócesis de Santa Marta y Riohacha.
Hoy, las líderes campesinas dialogan directamente con las autoridades locales; los jóvenes participan en el seguimiento de los presupuestos municipales, y la organización de mujeres afrocolombianas e indígenas ASOFRONELMAN ha logrado un reconocimiento sin precedentes para participar en procesos de memoria histórica y en los presupuestos del 500º aniversario de Santa Marta. Son pequeños pasos hacia la transformación social, pero que dejan huellas significativas en el territorio.



