Una iglesia pobre para los pobres
Eva San Martín. Cáritas Española.
Cáritas Diocesana de Ávila ha acogido esta nueva edición de las Jornadas de Teología de la Caridad, un espacio de encuentro, reflexión y comunión que se celebró a finales de febrero para seguir construyendo una Iglesia en salida, cercana y comprometida con la esperanza. A punto de cumplirse un año del paso del papa Francisco a la casa del Padre, su legado resuena con fuerza en medio de un mundo que sangra, sumergido en la violencia, la injusticia y la desigualdad.
El Papa que nos sorprendió con su sonrisa, rompiendo protocolos y regalándonos cientos de imágenes que nos llenaron de esperanza, ha puesto en el centro de nuestra misión, a través de su legado, a los pobres de entre los pobres. Nos ha convocado a ser esa Iglesia con olor a oveja, que pastorea los caminos y habla a creyentes y gentiles, abierta, prójima y apasionada por Jesús y el Evangelio.

El legado de Francisco
El legado profético de Francisco nos ha abierto caminos para transitar una Iglesia viva y en proceso, misionera y en salida al mundo, dispuesta a dejar a un lado la autorreferencialidad para hacerse más humilde y servidora, para poder así dialogar, discernir y escuchar las diferentes realidades del mundo y descifrar, a la luz del Espíritu, los signos de los tiempos que nos toca vivir. Francisco nos ha zarandeado para despertar del letargo del individualismo y el mercantilismo asfixiante que mata el cuerpo y el alma, recordándonos que somos humanidad hermana y amiga, que habita la misma Casa Común y que, solo procurando la armonía de toda la Creación, podremos subsistir.
En medio del caos y del desorden en el que nos encontramos, en medio del desasosiego y la incertidumbre que nos inquietan, la pobreza, el dolor y el sufrimiento de tantas personas que acompañamos desde Cáritas nos llaman a tender puentes para encontrarnos y hacer ese camino en comunión, desde la diversidad que somos, con mirada amplia y lúcida, para ver bien la realidad de quienes habitan los espacios de frontera y no abandonarlos.
De la mano del papa León XIV y de la exhortación apostólica Dilexi te, con la que ha comenzado su pontificado, queda claro que tenemos el gran reto de seguir dando forma a los grandes sueños que Francisco ha ido desgranando a través de cientos de homilías y discursos, de exhortaciones y encíclicas como Evangelii gaudium, Laudato si’, Fratelli tutti o Dilexit nos, entre otros: ese gran sueño de ser esa Iglesia que pone en el centro de su fe el amor encarnado de Dios y que nos invita a una profunda conversión ecológica del corazón que implique un cambio personal, comunitario y eclesial, al estilo del buen samaritano, capaz de generar nuevas alianzas entre la humanidad y la Creación.
La misericordia en el centro
Como Cáritas y como Iglesia, Pueblo de Dios, necesitamos pronunciar lenguajes nuevos que ayuden a disolver el odio que se ha instalado en gestos y en discursos. Francisco nos invitaba en Evangelii gaudium, su primer documento programático, a primerear en el amor, a salir de los despachos y las parroquias y a generar espacios de misericordia, comunidades vivas y de cuidado que faciliten el encuentro personal con Jesucristo y que celebren la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, acogiendo y abrazando a cualquier persona de cualquier lugar.
Hay infinidad de proyectos e iniciativas que se van poniendo en marcha en todo el territorio diocesano y que hablan de solidaridad, creatividad y amor en movimiento y acción: espacios de escucha espiritual, proyectos comunitarios que acogen y facilitan la convivencia y la pertenencia, espacios de encuentro para orar y sanar, escuchar y ser escuchado, compartir la vida, la tarea y la celebración; todas ellas, pequeñas semillas de Reino que van brotando y tomando forma, encarnando en lo cotidiano el amor de Cristo, caritas, que se da gratuitamente y sin condiciones a quien quiera recibirlo.
La invitación a volver al corazón de Jesús, a reconectarnos con la verdad del Evangelio, nos ha de llevar a hacernos preguntas y a cuestionarnos nuestra forma de hacer, de construir y de ser en todo momento.

En ruta y en sinodalidad
Sin duda, la sinodalidad es también un eje vertebral del legado de Francisco, una de esas ventanas abiertas para que entre el aire nuevo y seguir el hilo del Concilio Vaticano II, afrontando resistencias para sanear y sanar los apegos del ego, como el abuso de poder y el clericalismo, o la desigualdad entre los hijos e hijas de Dios. La sinodalidad es el gran reto para la Iglesia de este siglo XXI: aprender a caminar juntas (personas laicas, consagradas y presbíteros) en un nuevo modo de ser Iglesia inspirado por el Espíritu Santo, que habla al corazón de hijos e hijas y que nos invita a mirar a las primeras comunidades cristianas.
Vivir este camino en un mundo que se rompe no es una tarea fácil. Es un proceso que requiere paciencia, constancia, voluntad y fe. Importa el camino cotidiano y diario, hacerlo en clave de discernimiento, diálogo y atenta escucha. Cristianos y cristianas, creyentes y no creyentes, estamos invitados a estar en el mundo y a velar incansablemente por lo humano, la justicia, la dignidad y la paz.



