María Martínez, voluntaria de Cáritas, recuerda su experiencia en Puerto Maldonado, en plena selva peruana.

Gema Martín Borrego. Cáritas Española

María Martínez es una joven palentina de 28 años que trabaja en el departamento económico de una empresa internacional y siempre ha sentido «una gran inquietud por ayudar y compartir tiempo con los demás», una inquietud que la ha llevado a participar en diferentes proyectos sociales y comunitarios de Cáritas. «Voy todas las semanas al Centro “San Marco”, donde damos apoyo escolar y acompañamiento a niños y jóvenes», cuenta María.

Sin embargo, sintió la necesidad de hacer algo más. «Quería salir de mi realidad cotidiana, conocer otras formas de vida y vivir una experiencia más profunda de servicio y encuentro».

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En la Amazonía

Su primera experiencia de voluntariado internacional fue con las Siervas de Jesús de la Caridad en Filipinas, en los veranos de 2023 y 2024. Posteriormente, se fue de voluntaria con Cáritas a Puerto Maldonado, una ciudad de la región peruana de Madre de Dios, en plena selva amazónica. «Es una zona con una enorme riqueza natural, pero también con grandes dificultades sociales y de acceso —relata María—. Muchas comunidades solo pueden alcanzarse tras horas o incluso días navegando por los ríos». «La economía de la región —continúa la joven voluntaria— depende, sobre todo, de la minería del oro [incluida la minería ilegal], la madera y la agricultura, lo que provoca deforestación y otros daños ambientales, además de una gran presión sobre las comunidades indígenas».

Trabajo con mayores

En Puerto Maldonado, María desarrolló su voluntariado en la casa de acogida Apaktone para personas mayores que se encuentran en una situación de abandono total. Su trabajo consistía en colaborar en las actividades cotidianas y acompañar a los mayores. Preparaba talleres, manualidades y dinámicas, pero también dedicaba buena parte del tiempo a conversar. «Yo notaba que, muchas veces, necesitaban más sentirse escuchados y acompañados que cualquier otra cosa —recuerda María—. Sus historias de vida eran muy distintas, pero tenían una realidad común de pobreza, soledad y abandono».

María también colaboró en la creación de un nuevo grupo de jóvenes voluntarios y participó en actividades con niños y adolescentes durante los fines de semana. «Algo que me encantó fue la unidad entre todos y esa sensación de familia entregada y con ganas de trabajar por mejorar su entorno». Recuerda con especial cariño el Jubileo de los Jóvenes, que reunió a más de 350 participantes. «Ver esa alegría, esa participación y esa forma tan intensa de vivir la oración en comunidad para acercar, aunque fuera un poquito, lo que se estaba celebrando a tantísimos kilómetros [en Roma], fue algo que me impresionó mucho», confiesa.

También recuerda un momento especialmente duro a los pocos días de aterrizar, cuando asesinaron a un defensor ambiental de la zona. Aquello le hizo comprender que «proteger la selva no es solo cuidar la naturaleza, sino también defender la vida, la cultura y el hogar de muchas personas».

En cualquier caso, María agradece haber vivido «una experiencia profundamente transformadora». «Al final, ayudar no es un sacrificio, es un regalo que te cambia la vida», concluye.

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