Banive Peralte, párroco de Santa Ana y San Joaquín de Trianon, en Haití, recuerda el ataque armado sufrido por la parroquia y el asesinato de su guardián.

Adela Zamora. Cáritas Española

La noche del 31 de marzo al 1 de abril de 2025 quedará grabada en la memoria de nuestra comunidad como una de las más dolorosas de su historia. Esa noche, alrededor de las dos de la madrugada, grupos fuertemente armados irrumpieron violentamente en Trianon, una localidad del centro de Haití. A su paso incendiaron casas, saquearon bienes y asesinaron a personas inocentes. Algunas familias lograron abandonar sus hogares y buscar refugio en las montañas y localidades vecinas; otras quedaron atrapadas por la violencia.

Banive Peralte, párroco de Santa Ana y San Joaquín de Trianon, en Haití
Mª José Nieto. Cáritas Española

El ataque

En la casa parroquial nos encontrábamos cuatro personas: dos sacerdotes, nuestro guardián Magnace y la servidora de la parroquia.  Alrededor de las seis de la mañana, los asaltantes llegaron a la casa parroquial. Nos sometieron y, bajo la amenaza de sus armas, nos obligaron a entregarles las llaves de los vehículos, el dinero, nuestros teléfonos, ordenadores y otros efectos personales y de la Iglesia.

Entonces ocurrió uno de los momentos más terribles de nuestra vida. Nuestro guardián, el señor Magnace, que había servido fielmente a la parroquia durante muchos años, fue asesinado por los atacantes.

Después continuaron saqueando el lugar. Sufrimos la profanación de nuestra iglesia. El lugar donde la comunidad se reunía para orar, celebrar la Eucaristía y recibir los sacramentos fue invadido y saqueado; los objetos litúrgicos fueron robados; la casa parroquial fue completamente devastada y las escuelas sufrieron graves daños.

Durante esas horas permanecimos encerrados, intentando ser evacuados hacia una zona más segura. Realizamos numerosas llamadas a las autoridades, pero la inseguridad les impedía venir a rescatarnos.

La huida

Cuando todo parecía perdido, logramos escapar. Junto con el otro sacerdote y la servidora de la parroquia, huimos a través de bosques y montañas. Caminamos durante largas horas por senderos aislados y peligrosos, sin saber si sobreviviríamos. Finalmente conseguimos llegar a la ciudad de Hinche. Aún hoy consideramos aquella huida una gracia y un milagro de Dios.

Durante el recorrido fuimos testigos del sufrimiento de nuestro pueblo. Encontramos personas heridas que huían sin asistencia; familias enteras caminando con miedo; madres con sus bebés; niños agotados por el hambre; personas mayores que no podían seguir el ritmo y enfermos sin medicamentos ni atención. También vimos a hombres y mujeres llorar la pérdida de sus seres queridos, sus casas y todo lo que poseían.

A pesar del dolor y las pérdidas, esta experiencia reforzó nuestra fe. Descubrimos, de una manera nueva, la presencia de Dios y experimentamos la fuerza de la oración, la solidaridad y la fidelidad del Señor.

Un año y medio después, nuestra comunidad continúa dispersa. La mayoría de las familias todavía no puede regresar a sus hogares debido a la presencia de los grupos armados. Muchas viven desplazadas y en condiciones extremadamente precarias.

Sin embargo, nos negamos a perder la esperanza. Seguimos acompañando espiritualmente a nuestra comunidad y oramos por el retorno de la paz, la justicia y la seguridad. Estamos convencidos de que algún día podremos regresar a Trianon, abrir de nuevo las puertas de nuestra iglesia y reconstruir nuestras vidas. Mientras tanto, continuamos nuestro camino en la fe, convencidos de que la luz de Cristo es más fuerte que las tinieblas de la violencia.