Manuel Bretón, presidente de Cáritas Española entre 2017 y 2026

Manuel Bretón, que deja en octubre la presidencia de Cáritas, se despide de nuestros lectores con esta carta.

Manuel Bretón, presidente de Cáritas Española entre 2017 y 2026

Durante estos años en Cáritas he tenido el privilegio de vivir algo que va mucho más allá de una responsabilidad institucional. He vivido una experiencia humana que me ha marcado para siempre. Cuando llegué, quizás algunos se sorprendieron: no era habitual ver a alguien procedente del ámbito castrense al frente de Cáritas Española. Venía de una experiencia intensa y muy querida en la Cáritas Castrense, y ese paso a la responsabilidad confederal despertó curiosidad, expectativas y, sobre todo, una enorme generosidad por parte de quienes me acogisteis. Con el tiempo, y gracias a la paciencia y la confianza de tantos, descubrí que esta casa no se mide por etiquetas, sino por la hondura de su misión y por la calidad humana de quienes la sostienen.

He aprendido que los problemas no son eternos y que casi todo encuentra su camino cuando se mira con serenidad. La vida es corta, y por eso merece ser vivida con intensidad, con respeto y con esa humildad que nos recuerda que nadie es dueño de su propio poder. En Cáritas he visto cada día cómo la ternura, cuando se convierte en acción, transforma realidades que parecían inamovibles.

Hay momentos que se quedan grabados. Recuerdo una visita a un proyecto nada menos que en Cúcuta, en tierras colombianas, en el que una mujer, después de contarnos su historia, me dijo: «Gracias por escuchar sin prisa». Aquella frase, tan sencilla, me acompañó durante meses. Me recordó que la dignidad se reconoce en gestos pequeños, que la misericordia no es una idea abstracta, sino una forma concreta de estar en el mundo. Vosotros me habéis enseñado a mirar así: con hondura, con respeto, con la convicción de que el mal nunca tiene la última palabra.

San Ignacio decía que la voz del Espíritu trae paz incluso cuando exige. Y es verdad: estos años han tenido momentos exigentes, pero nunca me han perturbado. Me han ayudado a discernir, a elegir con sentido, a comprender que perdonar es liberar, que corregir es cuidar, que confiar es apostar por el crecimiento mutuo.

Muchos de vosotros conocéis mi debilidad por los decálogos, empezando por el que desde que tenemos uso de razón rige nuestras vidas. Pero si hay una norma ética que he procurado seguir a lo largo de mi vida, esa es el Decálogo del Cadete de la Academia General Militar, donde comencé mi formación militar hace ya bastantes años… Es una gran lección para los que comenzamos un recorrido profesional en el ejército. Y de los diez artículos, hay dos, el seis y el siete, que muestran algo que he procurado transmitir siempre: «Hacerse querer de sus inferiores y desear de sus superiores» y «ser voluntario para todo sacrificio solicitado y deseando siempre ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga».

Y sí, a lo largo de mi vida he intentado transmitir muchos de los valores que nos representan y nos enorgullecen y, entre ellos, la coherencia: coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, entre lo que se exige y lo que se cuida. En un mundo saturado de palabras y escaso de referencias éticas, la coherencia es un tesoro.

Hoy, al despedirme, no pienso en los resultados —que también importan—, sino en la huella humana que haya podido dejar. En el clima que hemos construido juntos. En el estilo que hemos intentado encarnar. Me voy con la certeza de que Cáritas es mucho más que una organización: es una familia que acompaña, que cura y que sostiene.

Gracias por todo lo compartido. Gracias por la confianza. Y gracias por seguir haciendo de esta casa un lugar donde la esperanza se vuelve concreta.