“Tener la oportunidad de presentar el acto del Papa en el Bernabéu es un milagro”
Christian Gálvez nos habla de su última novela, en la que aborda la Pasión de Cristo, y de lo que ha supuesto para él presentar el encuentro de León XIV con la comunidad diocesana de Madrid.
Gema Martín Borrego. Cáritas Española. Fotografías: Jesús Cordero

Unos días antes del encuentro del papa León XIV con la Iglesia diocesana de Madrid en el estadio Santiago Bernabéu, conversamos con Christian Gálvez, presentador del evento. En esta entrevista nos habló de la «emoción y gratitud» con que él y su mujer, Patricia Pardo, recibieron esta responsabilidad, y también de su última novela, He vencido al mundo, con la que ha vuelto a acercarse a la figura de Jesús.
¿Qué ha significado para vosotros la propuesta de presentar un acto tan histórico?
Ha significado muchísimo. No lo hemos vivido como una cita profesional más, sino como un honor inmenso y, al mismo tiempo, como una responsabilidad y una humildad enormes. Presentar un acto así, con el papa, en un lugar tan simbólico como el Bernabéu y ante tantas personas te coloca inevitablemente en un lugar muy especial. Pero somos muy conscientes de que el protagonismo no está en quienes presentan, sino en el mensaje, en el encuentro del papa con la comunidad y en todo lo que representará en el futuro.
Nuestros sentimientos son una mezcla muy bonita de emoción, gratitud, respeto y vértigo. Que hayan pensado en nosotros para presentar algo tan importante nos parece un milagro. Lo estamos viviendo con mucha preparación, pero también con el corazón. Queremos estar a la altura desde la cercanía y la verdad. Y, en lo personal, poder compartirlo juntos, como matrimonio, lo hace todavía más especial.
He vencido al mundo es tu segunda novela sobre la Pasión y muerte de Cristo. ¿Qué te lleva a seguir escribiendo sobre este episodio de la vida de Jesús?
La Pasión de Cristo es, probablemente, la historia más inabarcable de todas, no solo por su dimensión religiosa, sino también por su profundidad humana, política y emocional. Cada vez que me acerco a ella descubro nuevos matices en las decisiones, los silencios y los miedos de los personajes. En ese episodio convergen el poder, la traición, la fe, la culpa y la esperanza, y eso lo hace narrativamente inagotable. Además, me interesa explorar qué sintieron realmente no solo Jesús, sino también Judas, María, Pilatos o incluso los soldados romanos. Yo lo veo no solo como un hecho histórico o teológico, sino como una cadena de decisiones profundamente humanas que cambió el curso de la historia. En el fondo, seguimos investigando la Pasión porque es un espejo: cuanto más se estudia, más interpela. Y, como narrador, me resulta imposible no volver a ella.
La novela gira en torno al sacrificio. ¿Crees que hoy cuesta entender ese concepto?
Sí. Cuesta comprender el concepto, pero eso no significa que el sacrificio haya desaparecido. Sigue estando ahí: en quien cuida a un familiar; en quien se mantiene firme en sus valores, aunque le cueste; o en quien elige un camino más difícil por fidelidad a algo en lo que cree.
Lo que quizá hemos perdido es el sentido profundo del sacrificio, esa dimensión que lo conecta con el amor, con la entrega voluntaria, con algo que trasciende el beneficio propio. Y ahí es donde la Pasión de Jesús sigue siendo tan poderosa, porque plantea un sacrificio que no nace de la obligación, sino de una decisión consciente. La novela, en ese sentido, no pretende dar respuestas, sino provocar preguntas: ¿qué estamos dispuestos a perder por lo que amamos?, ¿dónde está hoy nuestra línea de entrega? Porque, en el fondo, el sacrificio sigue siendo una de las formas más radicales de amor.
¿Qué has descubierto de María y de Judas en el proceso de investigación de esta obra?
He aprendido que ambos encarnan dos formas radicales de amar y de sufrir. De María me ha marcado su fortaleza silenciosa. A veces se habla de ella desde una idealización casi inalcanzable, pero, al profundizar en su figura, aparece algo mucho más poderoso: una madre que comprende, que acepta y que acompaña, incluso cuando todo se desmorona, con una fidelidad absoluta. Y eso, narrativamente y humanamente, es sobrecogedor. Y luego está Judas, uno de los personajes más complejos y malinterpretados de la historia. Lo que más me ha impactado es acercarme a él sin prejuicios, intentar entender el proceso interior que lo lleva a tomar su decisión. No como un villano, sino como alguien que también ama, que también cree… y que, en algún punto, se rompe.
El relato va más allá de lo histórico. ¿Ha sido también un viaje espiritual para ti?
Más allá del rigor histórico, que para mí es fundamental, ha sido un viaje muy personal. Porque, cuando te sumerges en la Pasión, no solo investigas hechos; también te enfrentas a preguntas incómodas, a silencios y a decisiones que te obligan a posicionarte. Y quizá lo más valioso ha sido eso: entender que la historia no termina en el papel; que, de alguna manera, te atraviesa y te cambia la mirada. Y, cuando eso ocurre, ya no estás escribiendo solo una novela; estás viviendo una experiencia.
No es tu primer trabajo sobre el Nuevo Testamento. ¿Cuándo comienza tu interés por los textos bíblicos?
Ese interés está profundamente ligado a mi primer viaje a Jerusalén con Patricia, mi mujer. Hasta entonces, los textos estaban en mi vida desde un lugar más intelectual, casi como objeto de estudio. Pero Jerusalén lo cambia todo. Porque, de pronto, esos relatos dejan de ser lejanos y se vuelven físicos, tangibles. Caminas por lugares que has leído mil veces, y algo dentro de ti se recoloca. Y en ese viaje, Patricia fue clave. No solo por compartirlo, sino por cómo lo vivió. Su manera de mirar, de detenerse, de entender lo que estábamos viendo… me ayudó a mirar también de otra forma y a pasar de la curiosidad a algo mucho más profundo.
Tu novela anterior se centraba en Lucas el Evangelista. ¿Qué encontraste en su figura que te animó a acercarte a ella y a escribir sobre él?
En Lucas encontré algo que me resulta irresistible: una mirada diferente. No es solo un evangelista; es alguien que observa, escucha y reconstruye la historia con un rigor casi periodístico. Además, tiene una sensibilidad especial: pone el foco en los marginados, en los olvidados, en las mujeres, en los pequeños gestos… Hay en su escritura una humanidad muy cercana que me parecía fundamental explorar.



