Cáritas Barcelona y la cooperativa Suara impulsan un proyecto comunitario que une a todo el barrio de Torre Baró en la lucha contra el abandono institucional que sufre desde hace décadas.

Gema Martín Borrego. Cáritas Española

El barrio barcelonés de Torre Baró se hizo famoso en todo el país hace un par de años gracias a El 47, la película que narra la lucha vecinal —y real— que tuvo lugar en 1978 para conseguir que el transporte público llegara a esta zona de la Ciudad Condal abandonada por las instituciones. Manolo Vital era un conductor de autobuses que secuestró un vehículo de la línea 47 para desmontar una mentira del Ayuntamiento: que los autobuses no podían subir las cuestas de Torre Baró. Manolo demostró que eso no era cierto y consiguió que sus vecinos se sumaran a su acto de disidencia pacífica. Estas personas de clase trabajadora, que llegaron desde Extremadura, Andalucía, etc., y ayudaron a construir la Barcelona moderna, evidenciaron cómo el orgullo de barrio y la unión contribuyen a mejorar entornos y vidas donde las Administraciones se muestran reacias o indiferentes.

Muchas cosas siguen igual

Pero no todas las reivindicaciones de los vecinos fueron escuchadas. Casi cinco décadas después, Torre Baró sigue siendo un distrito aislado de Barcelona, precario y con escasos recursos.

«Es un barrio periférico, extenso y con una población muy escasa que no supera las 3.000 personas —explica Juan Antonio López-Luna, director del Centre Obert de Cáritas Diocesana de Barcelona—. Su singularidad viene marcada por la topografía [una parte del barrio está dentro del Parque Natural de Collserola] y por la autoconstrucción de las viviendas».

Esa forma de crecer sin planificación urbanística dejó huellas. Hay calles sin aceras, dificultades de movilidad y una red de transportes deficiente para una población dispersa. «Se tarda más de una hora en llegar al barrio. Y aquí las líneas de bus no funcionan bien y el tiempo de espera es muy largo», señala Juan Antonio.

Torre Baró sigue padeciendo un aislamiento y déficit de recursos que conocen bien quienes viven en sus zonas más altas. «El Ayuntamiento dice que no va a invertir dentro de un barrio que está dentro de un parque natural y donde no se puede construir, pero tampoco hace ninguna propuesta para ofrecer viviendas protegidas en suelo urbanizable», denuncia este trabajador de Cáritas Barcelona.

Un vecindario diferente

«Al final, este es un barrio diferente —continúa Juan Antonio—. Pertenece a Barcelona, pero no tiene los mismos índices de bienestar que cualquier otra zona de la ciudad». En efecto, los problemas de salud mental son mayores, igual que el índice de fracaso escolar o de paro. Por el contrario, la esperanza de vida es menor.

A esa desigualdad se suma una pérdida progresiva de espacios de encuentro. Los vecinos recuerdan una época en la que había comercios, bares y más vida en las calles. Hoy apenas quedan algunos servicios concentrados en la parte baja del barrio, donde están el ambulatorio, el colegio y la farmacia. «El último bar cerró aproximadamente hace dos años y medio», explica el responsable del Centre Obert de Torre Baró.

«Yo he vivido aquí hace cuarenta años —cuenta Pepe Rodado, párroco del barrio—. Había mucha vida comunitaria; todo el mundo se conocía y se ayudaba entre sí». Valeria Ortiz, presidenta de la Asociación de Vecinos, coincide. «Hace diez años, cuando aún había comercios, te encontrabas con la gente y hablabas con ella. Ahora eso se ha perdido», lamenta Valeria.

El centro abierto a todos

En medio de esa realidad se encuentra el Centre Obert de Cáritas, que es el único punto de encuentro de la zona y que funciona en el barrio desde 1990. Es un servicio socioeducativo integrado en la cartera de Servicios Sociales de Cataluña que, en 2025, atendió a 82 familias y 90 menores. «Nuestro objetivo es revertir el fracaso escolar, muy habitual en los colegios de esta zona, que carecen de recursos suficientes para atender las dificultades educativas de sus alumnos», apunta Juan Antonio. Cada tarde, niños y niñas de entre 6 y 16 años participan en actividades de refuerzo educativo, acompañamiento emocional, deporte, arte y ocio. «El Centre Obert hace un apoyo de red, de comunidad, cuando el sistema educativo falla», afirma.

La pandemia supuso un punto de inflexión en el trabajo del Centre Obert. A partir de 2020 comenzó a tomar forma el Proyecto Comunitario de Torre Baró, una iniciativa que buscaba abrir este recurso de Cáritas a todo el barrio.

«Durante ese año ofrecimos actividades abiertas a todos los vecinos e hicimos una reflexión a nivel interno y con ellos. De esa reflexión surgió el convencimiento de que las actividades prioritarias para el barrio y sus gentes no las marcaran los técnicos de Cáritas, que solo estamos en el centro por las tardes de lunes a viernes, sino la propia comunidad», cuenta su responsable. Desde entonces, vecinos y vecinas participan en asambleas periódicas donde deciden qué proyectos impulsar y cuáles son las necesidades más urgentes.

«Desde hace décadas, todos los déficits del barrio se han ido mejorando gracias a una lucha vecinal —añade Juan Antonio—. Ese ADN de reivindicación de los vecinos nos ayudó a trabajar esta parte comunitaria. Son ellos los que marcan el rumbo y nosotros somos el barco que está dando la estructura para que podamos navegar», añade Juan Antonio.

Valeria Ortiz destaca el valor como punto de encuentro que ha adquirido este espacio.

Valeria Ortiz

«Desde que tenemos el proyecto comunitario podemos vernos las caras, charlar, preguntar a las vecinas cómo les va el día, porque al final no tienes otro sitio de encuentro que no sea este».

Orgullo de barrio

Una de las singularidades del proyecto comunitario es que combina reivindicación y celebración. La comunidad se organiza para reclamar mejoras (por ejemplo, en la red de transporte, la instalación eléctrica o la atención sanitaria —han conseguido que haya más médicos en el ambulatorio—), pero también para generar vínculos y fortalecer el sentimiento de pertenencia y de autoestima del barrio.

Entre las iniciativas surgidas en estos años hay un huerto comunitario gestionado por las propias familias, talleres de costura, espacios de encuentro para personas mayores, actividades culturales y hasta un programa de diseño y creación de luces de Navidad.

Juan Antonio

«Este barrio no ha tenido nunca luces en Navidad, porque están vinculadas al comercio y aquí no los hay; hasta ahora, que las vecinas se empeñaron», recuerda Juan Antonio.

La llamada Casa de Alegría reúne semanalmente a unas veinte mujeres mayores que participan en talleres relacionados con la salud y el bienestar emocional. Y los viernes, el espacio exterior del centro se convierte en punto de encuentro para actividades abiertas al vecindario, como juegos de mesa o teatro.

El encuentro como respuesta

Torre Baró sigue siendo un barrio de acogida. Allí conviven quienes llegaron hace décadas desde otros puntos de España con nuevas familias procedentes, sobre todo, de Latinoamérica y el norte de África.

«Nosotros entendemos la comunidad desde la participación, la creación y la celebración», explica el director del Centre Obert.

«Por eso, muchas de las actividades terminan alrededor de una mesa compartida. Hay que celebrar que una persona marroquí que acaba de llegar haga comunidad con una persona que lleva viviendo aquí cuarenta años. Ese es el verdadero encuentro».