Siempre con los últimos

Cada 17 de octubre, el mundo conmemora el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una fecha que nos invita a mirar más allá de nuestra realidad cercana y preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando 826 millones de personas —el 10 % de la población mundial— viven en la pobreza extrema. Pero este día es también la oportunidad de recordar que la pobreza no es una fatalidad ni es responsabilidad de quienes la padecen; es una realidad que nos interpela a todos y que exige respuestas colectivas.
Así lo afirma el papa León XIV en Dilexi te, su primera exhortación apostólica, que se centra en el amor de la Iglesia por los pobres: «Los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino. Menos aún la pobreza, para la mayor parte de ellos, es una elección. Y, sin embargo, todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad».
Según Naciones Unidas, la inmensa mayoría de las personas pobres vive en el África subsahariana y en países frágiles y golpeados por conflictos crónicos, una tendencia que va en aumento. El Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2026 revela que, de los 30 países con mayor índice de pobreza en el planeta, 25 se encuentran en territorio africano.
Sin embargo, la pobreza es también una realidad de nuestras sociedades del Norte privilegiado, aunque, a veces, tampoco la veamos porque se mantiene en los márgenes. Pero ahí está: en los rostros de las personas sin hogar; en los de las víctimas de trata o en los de los migrantes que se encuentran solos, sin recursos, sin raíces y sin redes de apoyo.
Todos ellos, ya vivan en grandes ciudades europeas o en comunidades rurales del Sur, son los preferidos por Dios. Son los últimos, los excluidos, los descartados de la sociedad…; las personas a las que Cáritas siempre ha acompañado y junto a las que seguirá caminando para erradicar la pobreza, luchar por un mundo más justo y construir el Reino de Dios en la tierra. Así nos lo exige nuestra misión y nuestra naturaleza como parte de la Iglesia.
«Los más pobres entre los pobres —los que no solo carecen de bienes, sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad— ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino (cf. Lc 6,20). Es en ellos donde Cristo sigue sufriendo y resucitando. Es en ellos donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su realidad más auténtica» (Dt).



