El proyecto Alumar, de Cáritas Ourense, acompaña a mujeres en contextos de prostitución, trata o explotación sexual.

Gema Martín Borrego. Cáritas Española

Fernanda (nombre ficticio) tiene 36 años, es brasileña y vive en España con su marido y su hijo. En la actualidad, se dedica a cuidar su casa, su huerto y sus gallinas, unas ocupaciones que la hacen muy feliz. Pero no siempre fue así.

Siendo muy joven, cuando vivía en Brasil, sufrió una agresión sexual. “Fue muy difícil de aceptar, porque pensaba que lo que me había ocurrido no era una violación”, recuerda Fernanda. “Llegué a España en 2015 y estuve en el mundo de la prostitución hasta 2019, cuando el personal de Cáritas me rescató —continúa—. Al principio, pensaba que así conseguiría dinero fácil, pero ha sido lo más duro que he hecho en mi vida”.

Salir de una realidad de explotación sexual es aún más difícil, y curar las heridas que esta deja, mucho más. “Yo no hubiera podido recuperarme sin mi fuerza de voluntad, mi fe en Dios y el apoyo de todas las chicas de Cáritas, porque los efectos colaterales emocionales de vivir una experiencia de estas son terribles —relata Fernanda—. Piensas que no eres capaz de nada, que eres solo un objeto y que no hay nada más allá de tu realidad, pero sí hay vida después, y una vida muy buena”.

Mujeres invisibles

Curar heridas

Y es que la explotación no termina cuando la mujer abandona el lugar donde la sufría; quedan las heridas emocionales de las que habla Fernanda, la incertidumbre económica, las dificultades para acceder a una vivienda y la tarea de recuperar la confianza en una misma. Precisamente, el proyecto Alumar, de Cáritas Diocesana de Ourense, acompaña a las mujeres en este largo camino.

Alumar nació en 1999 para apoyar a mujeres en contextos de prostitución. En sus primeros años, la intervención se centraba en el acompañamiento y el apoyo para el cuidado de menores. Con el tiempo, el proyecto se ha profesionalizado y ha ampliado su atención a víctimas de trata y explotación y a otras mujeres vulnerables que se encuentran en riesgo de prostitución o que no encuentran respuesta en los recursos convencionales.

“Ahora mismo, el proyecto cuenta con tres grandes áreas que se interrelacionan entre sí —explica Raquel Fernández, educadora social y responsable de Alumar—. Se trata de una casa de acogida, un centro de día y una unidad móvil de calle para acercarnos a los contextos de prostitución”.

Acompañamos a 300 mujeres

A través de estos recursos, Alumar acompaña a entre 250 y 300 mujeres al año. Su perfil es el de una mujer extranjera —sobre todo de Colombia, Venezuela y Brasil—, de unos 35 años y con cargas familiares, generalmente en su país de origen. Sin embargo, sus trayectorias vitales suelen ser muy distintas: algunas mujeres llevan pocos meses en contextos de prostitución y otras, más de 20 años; algunas llegan a Cáritas con problemas de salud mental y consumos activos, y otras, sin documentación. “Cada mujer está en una situación muy diferente —señala Raquel—, y esa diversidad determina el acompañamiento que llevamos a cabo, con itinerarios personalizados”.

La intervención de Cáritas comienza con una entrevista individual en la que se identifican las necesidades de cada mujer. A partir de ahí, el equipo, formado por profesionales de la educación, la psicología, el trabajo social, la mediación y el asesoramiento jurídico, organiza el acompañamiento, que puede incluir atención psicológica, trámites administrativos, asesoramiento legal, búsqueda de empleo o apoyo en la crianza. “Aquí ellas son las protagonistas fundamentales de su proyecto y nosotras acompañamos ese proceso de mejora”, explica Raquel.

Algunas de estas mujeres, sobre todo si son víctimas de trata, tienen hijos o están embarazadas, se quedan en la casa de acogida y protección, que dispone de diez plazas y permite acoger también a menores. “Es un espacio de transición hacia la vida autónoma en el que las mujeres tienen cubiertas sus necesidades básicas mientras avanzan en su proceso de recuperación”, cuenta la responsable de Alumar.

No hay una fecha predeterminada para abandonar la vivienda. La duración depende de cada caso y de las dificultades que vayan apareciendo. “Son mujeres muy dañadas, que recorren procesos largos, con avances y retrocesos. Muchas ni siquiera se reconocen como víctimas o desconocen los derechos y las ayudas a los que pueden acceder. Nosotras trabajamos por y para ellas”, explica.

Hacia la autonomía

Además, en este camino hacia su autonomía se enfrentan a varios obstáculos, como la dificultad para acceder a una vivienda o a un empleo. “Muchas mujeres no pueden acreditar la experiencia laboral que tienen en sus países de origen —lamenta Raquel—; también tienen miedo a ser reconocidas por alguien de su vida pasada durante una entrevista de trabajo o en el propio puesto de trabajo”.

A las dificultades económicas y administrativas se añade, en muchos casos, la ausencia de una red de apoyo. “La mujer en contextos de prostitución es una mujer que está muy sola”, explica la responsable de Alumar. De hecho, a veces, sus únicos vínculos son otras mujeres del entorno o los propios proxenetas.

Por eso, la unidad móvil del proyecto Alumar intenta llegar también a quienes todavía no han podido dar el paso de acudir a un recurso de Cáritas. “Vamos a clubes, pisos y localidades alejadas de Ourense para ofrecer información sociosanitaria, dejar nuestra tarjeta y, si podemos, explicar a las mujeres que tienen derechos y que existen apoyos a los que pueden recurrir”.

Pero, a pesar de las dificultades, Raquel conoce a muchas mujeres como Fernanda, que han atravesado situaciones de extrema vulnerabilidad y han logrado reconstruir sus vidas.

“Son muy valientes, muy luchadoras —afirma—. Nosotras las llamamos las ‘mujeres invisibles’ porque la sociedad no quiere verlas o no alcanza a comprender las dificultades que afrontan”.