Un año más Cáritas visibiliza el drama de las personas sin hogar

Eva San Martín. Cáritas Española.

“Tener un hogar no se trata solo de tener un techo, sino de tener un lugar al que pertenecer. Un hogar es un lugar del que poder irse y al que siempre poder volver. Es el lugar donde sentirse seguro y reconocido. Donde te esperan, te reciben y te cuidan. Un hogar también es comunidad: una comunidad que no expulsa, sino que abraza y arropa con fuerza a quienes forman parte de ella”.

Una fecha para recordar

tiene por lema “Un hogar, un lugar al que pertenecer”. El manifiesto, que ha sido escrito por un grupo de participantes de uno de los Programas de Personas Sin Hogar de Cáritas, resuena durante todo octubre como antesala de la celebración del Día de las Personas Sin Hogar, el 25 de ese mes. Es un lema que se convierte en proclama, en oración y en demanda.

Las personas que participan en nuestros programas lo tienen claro: toda persona necesita un lugar donde sentirse acogida, reconocida y parte de algo común. Un hogar es mucho más que un sitio donde vivir. Es un lugar al que pertenecer, una verdad universal que nos habita como personas, como seres humanos sociales necesitados de arraigo, pertenencia y relación.

En plena crisis de la vivienda, las personas en situación de sinhogarismo permanecen ausentes de los grandes titulares mediáticos, a pesar de engrosar las filas de esa extensa ciudadanía que demanda el acceso a una vivienda digna y adecuada, derecho que ampara nuestra Constitución Española en su artículo 47, que además reconoce la responsabilidad de los poderes públicos de regular la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

Una emergencia social

Los últimos informes de Cáritas y la Fundación FOESSA de 2025 siguen mostrando una realidad profundamente preocupante que lucha por salir de la invisibilidad; una realidad que está haciendo saltar todas las alarmas y que afecta a 4,3 millones de personas en situación de exclusión severa, y convierte la exclusión residencial en una auténtica “emergencia social” para los hogares más vulnerables.

En efecto, el IX Informe FOESSA alerta del empeoramiento en el acceso a la vivienda y del incremento del sinhogarismo. Y no solo ocurre entre los adultos, sino también entre los jóvenes y la infancia. Cerca del 20 % de los hogares en España sufre algún tipo de exclusión residencial vinculada a problemas graves de acceso o mantenimiento de la vivienda. Además, las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística reflejan un crecimiento sostenido del sinhogarismo en España. En 2024, 34.145 personas mayores de 18 años se alojaron en centros de atención; esto supone un incremento del 57,5 % respecto al último registro de 2022. Entre las principales causas que condujeron a estas situaciones destacan la pérdida de empleo, la imposibilidad de hacer frente al coste de la vivienda, los desahucios y los procesos migratorios forzados.

Detrás de estas situaciones no hay cifras ni etiquetas. Hay personas. Personas con historias de dolor y de lucha, de pérdida y resistencia, de caídas y de esperanza. Personas que demasiadas veces han sido reducidas a un estereotipo —“sin techo”, “indigente”, “pobre”— que difumina su propia esencia: la dignidad humana de toda persona.

Ser parte de la sociedad

Desayunos

Cada día, más personas son expulsadas de un sistema que no garantiza los derechos más básicos. La red de recursos es insuficiente, está saturada y es incapaz de ofrecer una respuesta digna. Las personas que acompañamos se sienten vulnerables y frágiles, pero ansían tener una oportunidad para volver a empezar, para que se las mire como lo que son: hombres, mujeres, personas.

Manuel, uno de los participantes en nuestros Programas de Personas Sin Hogar, cuenta que quiere sentirse “una persona normal”, dejar de estar tan desconectado después de todos los años que ha pasado encerrado en una habitación, malviviendo, o en la calle. “Quiero sentir que soy parte de la sociedad”, añade.

Quiero sentirme “una persona normal”, dejar de estar tan desconectado después de todos los años que ha pasado encerrado en una habitación, malviviendo, o en la calle. “Quiero sentir que soy parte de la sociedad”

Manuel Participante en el Programa de Personas Sin Hogar

Una red que acoge

Son muchas las personas que se conmueven ante el dolor y el sufrimiento de otras y hacen que esa compasión cobre forma en una amplia red de proyectos que incluyen centros, pisos y espacios de acogida, encuentro y comunidad por toda la Confederación de Cáritas Española.

Desayunos

Un ejemplo de ello son los recursos que alberga en un mismo edificio Cáritas Diocesana de Huelva, entre los que se encuentran el Centro de Día Puerta Abierta, la Casa de Salud Nuestra Señora de los Milagros y la Casa de Acogida Santa María. En los tres se respira familia y hogar, y cada uno responde a situaciones vitales diversas.

Al Centro de Día Puerta Abierta llegan personas que viven en situación de calle, algunas muy deterioradas y perdidas; otras, con rabia, con miedo, con esperanza. Allí encuentran un lugar de descanso que no las juzga, donde pueden asearse, tomar un desayuno, poner una lavadora y encontrar la conversación necesaria que las hace sentir de nuevo personas, dignas de afecto y de derechos. También pueden realizar algún taller, recibir información práctica o simplemente contar con un espacio seguro para guardar sus escasas pertenencias. Como en todas partes, los recursos son limitados y, para atender con el máximo cuidado y atención a cada persona, se ofrecen 70 plazas en horario de mañana.

La Casa de Salud alberga ahora a siete personas que necesitan una recuperación más específica, bien porque reciben un tratamiento médico oncológico, bien porque su estado de salud es muy frágil y no pueden retornar a la calle. En algunos casos, sus días terminan en esa sencilla e iluminada Casa de los Milagros, donde la sonrisa y el cuidado del personal que los acompaña y atiende les proporcionan la paz que necesitan para sanar o morir con dignidad y, sobre todo, para sentirse parte de esta pequeña “familia de cuidados” que alivia la soledad, rescata la vida y la salva cada día y cada noche.

La Casa de Acogida, que se encuentra en el tercer piso, respira fraternidad. Allí viven, a un ritmo alegre y dinámico, unas 15 personas procedentes de distintos lugares, una pequeña comunidad que sueña y proyecta una vida nueva, organizando turnos de cocina y limpieza, y que se esmera en formarse, encontrar un empleo y, posteriormente —y esto es casi lo más difícil—, encontrar un alojamiento propio que cada cual pueda convertir en su hogar. En sus miradas se puede ver una chispa de ilusión, de posibilidad, el brote de algo nuevo que está por germinar. Hay gente joven que sueña y que es capaz de contagiar al resto un horizonte más ancho con su esfuerzo.

No todo es idílico, por supuesto. Estos pequeños oasis en los que la vida lucha por salir adelante están rodeados de desierto, de tormentas de arena en forma de recortes de recursos y subvenciones, de rechazo social, de abandono institucional y del propio dolor enquistado que cada persona lleva tatuado en su piel. Pero, sin ellos, sin estos proyectos y sin todas las personas profesionales y voluntarias que los sostienen y acompañan, las vidas de todas estas personas, con nombre, con dignidad y con su pequeña y gran historia personal, no serían un signo de esperanza.

Un hogar es mucho más que un sitio donde vivir. Es un lugar al que pertenecer y donde ser persona con plena dignidad. Hoy, tú, yo, nosotros, como sociedad, podemos ser hogar, escucha, acogida y cuidado. Para. Acércate. Actúa. Nadie Sin Hogar.